Divulgar Europa

“Hace tiempo que Europa dejó de implicar al conjunto de la ciudadanía y se ha convertido en una oficina de información, en una asesoría dónde abunda el formalismo contable”

Desde que España entrara a formar parte del proyecto europeo en el último cuarto del siglo XX, las esperanzas de futuro se han desinflado a una velocidad inimaginable. La UE ya solo ocupa un lugar distinguido en los mástiles de nuestras instituciones, en la cabecera de algunos formularios y en las solapas de un contado número de ciudadanos. No podemos escudarnos en la crisis, por dura que haya sido, para explicar un fenómeno que viene de lejos.

Hace tiempo que Europa dejó de implicar al conjunto de la ciudadanía y se ha convertido en una oficina de información, en una asesoría dónde abunda el formalismo contable. Esta progresiva deshumanización nos ha llevado a abandonar el sano idealismo del Plan Schuman, de la Convención Europea de Derechos Humano o el Tratado de Roma. De dicho cambio se deriva también la naturaleza mediocre de unos liderazgos, que brillan y se consumen en apenas unos años. Más allá de 2008, de la política económica o de la crisis humanitaria, debemos reconocer que la UE ya no emociona. Nos ha faltado el acompañamiento, en forma de comunicación, capaz de conectar el centro con la periferia. Incluso los periódicos de nuestro país incluyen la información europea en las páginas de “internacional”, como si Bruselas estuviera a la misma distancia que Peshawar o Beijing. Es ese eslabón roto, es esa mano antes apretada entre los ciudadanos europeos, dónde ha brotado una amarga soledad. De ella se han aprovechado los movimientos populistas, profundamente re-nacionalizadores, con su lenguaje cercano y su retórico sentimental. Ahí han germinado los relatos alternativos. Son otros los que vienen a contarnos la crisis del euro, la guerra de Ucrania o la de Siria, mediante un seductor collage que acaba sepultando la realidad.

El ciudadano medio, al que ya no satisfacen las notas de prensa, tiene sin embargo un enorme apetito por conocer. La realidad institucional debe hacerse acompañar de una estrategia comunicativa diferente. Necesitamos un método auxiliar: la divulgación. Son muchos los análisis e informaciones lanzados por los medios, y ya que se encuentran pegados a la estricta actualidad, son incapaces de ofrecer una adecuada visión de conjunto. Recoger todas esas piezas dispersas, evaluarlas y darles forma dentro de algo mayor, más completo, es la labor más importante que el europeísmo tiene ante sí. Mientras sigamos al margen de este cometido, otros narrarán nuestra historia a la medida sus propios intereses. Poco a poco se va creando un tejido asociativo a nivel continental, basado precisamente en la promoción de los valores que nos han traído hasta aquí. Propagar estos principios, insertarlos en cada comunicación, en cada artículo, no solo es importante para recuperar un discurso genuinamente europeo, sino para recomponer la noción de ciudadanía común. Podemos concluir que nuestra pasividad al respecto, contribuye tanto al euroescepticismo como al alter-europeismo, enfoques ambos destinados a disolver la Unión Europea, su espíritu y sus tradiciones democráticas. ¿Lo vamos a permitir?

Autor: Jaime Aznar

Licenciado en Historia por la Universidad de Navarra y doctorando en la Universidad Pública de Navarra. Pertenezco al Partido Socialista de Navarra y a la Asociación Navarra de Debate. Desde 2008 estoy involucrado en proyectos relacionados con el pensamiento político y la promoción de valores europeístas.

Colaboro con Espacio REDO, un grupo de investigación especializado en política exterior, con el que imparto clases y conferencias sobre actualidad europea/euroasiática. Dichas comunicaciones suelen tener en lugar en centros como la Universidad Pública de Navarra, la Universidad Nacional de Educación a Distancia, o el centro cívico-cultural Civivcan.

He publicado artículos de opinión en distintos medios nacionales como El País, y regionales como Diario de Navarra o Diario de Noticias. También escribo en la prensa electrónica, como Nueva Tribuna, El Nuevo Federalista y Diario La Cámara.

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