Pérdida de horizontes

La oportunidad histórica que se nos brinda para conseguir cambios sensatos, no significa que no debamos pasar dificultades económicas y sociales que podrían tratar de impedirlo, pero es ahora el momento de ser realistas y hacer cosas imposibles.

Nos enfrentamos a una situación nueva en la trayectoria de la democracia española, una situación joven e inexperta, en la que la nueva legislatura contará con más diversidad en el congreso de lo que antaño estábamos acostumbrados.

No debemos conformarnos, con decir que en España rige la democracia, para definir la nueva realidad a la que nos enfrentamos, sino que hay que añadir que los Españoles estamos decididos a consolidar esta democracia en consonancia con los valores sociales que rigen este tiempo.

No podemos hacer las mismas políticas en el S.XXI, que en el S XX, ni XIX. La política, al igual que la sociedad, cambia, evolucionan y proyectan unos valores sociológicos diferentes con el paso de los años.

La democracia social debe ser fiel y adecuarse a la modernidad del momento de nuestro sistema político que se enfrenta a una nueva situación jamás vista antes desde la transición. Como decía Adolfo Suarez “ Esta etapa no nos ofrece treguas ni ocasiones para la comodidad, sino que al contrario, hay que llevar la mentalidad del cambio a nuevos ámbitos y requiere una actitud clara e inequívoca para interpretar y asumir los deseos de progreso que existen en las zonas más extensas y vivas del pueblo español”

A pesar de que nuestro pasado nos condiciona, la situación española se explica a través de decisiones políticas que se han tomado desde un periodo bastante reciente, como es la transición, en el que el sistema político cambió, al igual que el económico y social.

Con la apertura internacional, España adquiere un ritmo de crecimiento económico comparable al de Italia, ya que el optimismo de la sociedad produjo unas importantes transformaciones. La entrada de capitales supuso un crecimiento económico que produjo la disminución del conflicto fundamental de la España de los años treinta y cuarenta en la que nos encontrábamos con una oligarquía terrateniente y un verdadero ejército de jornaleros desesperados.

Fue entonces donde los terratenientes quedan desplazados sustituidos así por una clase basada en la industria y la banca. Esto provocó la despoblación de los grandes espacios rurales en pro de la mano de obra en las ciudades y hacía los países europeos.

No fue hasta 1977, cuando con los Pactos de la Moncloa y la elaboración de la Carta Magna se dio entrada a un panorama heterogéneo de la sociedad española.

Es ahora, en el 2016, después de los logros conseguidos, cuando España se encuentra en bloqueo. Un bloqueo que perjudica no sólo a nivel económico, sino a nivel social y político. Nos encontramos en la misma situación política heterogénea que se nombraba con anterioridad y es ahora, cuando se debe poner en valor ese pasado y sus logros para seguir progresando y ser un país Europeo al nivel de las circunstancias.

Es el momento de dialogar para conseguir las reformas que necesita España. A cuatro meses desde las pasadas elecciones generales, aún no sabemos si se constituirá un gobierno o tendremos que repetir elecciones, con el coste económico que eso supone y sin estar previsto en los presupuestos generales.

La repetición de una nueva convocatoria el 26-J supondría a los españoles 160 millones de euros. Cantidad bien invertida si contamos con que es un derecho de los españoles ejercer su derecho al voto, pero al mismo tiempo, un despilfarro de dinero si se hace por duplicado, ya que estaríamos, no sólo desconfigurando unos presupuestos generales, sino que tendríamos que dejar de invertir en generar empleo, ayudar a los autónomos, sanidad y políticas sociales, como consecuencia de la irresponsabilidad política de no sentarse en la mesa a dialogar.

No es cuestión de cambiar todo lo que ya existe, sino mejorar lo que falla. Es el momento de aceptar una España heterogénea, una segunda transición y unos segundos Pactos de la Moncloa, ya que otra cita en las urnas el 26-J no darían resultados sustancialmente diferentes, lo que obligaría a todas las fuerzas políticas a volver a tener que sentarse en la misma mesa a ver qué es lo que los une.

Autora: Irene Carmen de Dios Gallego

Licenciada en Ciencias políticas , Derecho y Máster en Abogacía en la Universidad Pablo de Olavide y en la UNED. Ha sido coordinadora de la Campaña Nacional para los candidatos al Congreso de los Diputados de Sevilla y responsable de Acción Política a nivel Autonómico con Ciudadanos.

Voluntaria en el Departamento Jurídico de la ONGD TeTocaActuar y Asesora jurídica en Jarana Asesores.

 

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