Política sin sentimentalismos. ¿Quién tiene el poder en el PSOE?

Imagine que su ideología y su compromiso social le llevan a meterse en política. Imagine que se afilia un partido.

Imagine que su ideología y su compromiso social le llevan a meterse en política. Imagine que se afilia un partido. Nada más cruzar la puerta le parten la cara: ¡Zas, zas! “Puede usted volver por donde ha venido o quedarse, secarse las lágrimas y ver lo que pasa en la sala de máquinas”. El primer paso es entender la realidad como es, no cómo debería ser.

Guarde en un rincón íntimo su inocencia y sobre la piel sensible añada un caparazón. Esto va sobre la lucha por el poder y, “el relato político”, como ahora se dice, es un instrumento de camuflaje de la realidad mediante eufemismos al servicio de una voluntad o unos intereses (Nietzsche).

Bentham aconsejaba tomar las cosas tal como son regularmente, para operar con ellas y no errar, debiendo distinguir entre el “dicho” y el “hecho”, especialmente cuando se considere al hombre público, asumiendo que, sólo en un estado de extrema madurez de la sociedad, puede haber algunos hombres o mujeres excepcionalmente virtuosos y, por ello, sean excepcionalmente tenidos en cuenta o, directamente, no sean tenidos en cuenta. Por lo general, la actuación de las mujeres y hombres públicos se ve sometida a la doble acción de una idea de interés público y de su interés personal. Bentham afirma que éstos sacrificarán, hasta donde dependa de ellas o ellos, el interés público en favor de su interés personal.

Pudiendo admitir ciertas reservas en lo singular, cuando se actúa en grupos, la rivalidad acentúa que los grupos persigan aquello que sea beneficioso para sus propios intereses. La contraposición de deseos es la fuente de conflictos o, como dice Bentham, los enemigos de la paz pública son las pasiones egoístas e insaciables aun siendo necesarias para la propia conservación.

Cuando un partido político está tan regido por la correlación de fuerzas entre sus distintas facciones, lo habitual es la lucha por imponer sus fuerzas, sus cargos, su autoridad o sus tesis, echando mano de un relato que apela al interés general para “legitimar” sus acciones y ganar el convencimiento de las bases, los gobernados o los representados.

Así llegamos al conflicto que hoy rige el PSOE en el que se ha abierto una disputa por el control del partido en la que cada cual se arroga tener el poder. Cada uno se echa la culpa de una cosa y argumenta razones que sustentan sus tesis. Sin embargo, si esto se produce es porque el “puesto de mando” donde se controla el poder está abierto y en disputa. ¿Quién lo detenta? Yo invito a prescindir por un momento del relato que hace cada uno y las distintas interpretaciones para concentrarse en responder “¿quién tiene el poder?”. Lo cual es una cuestión de política pura y no tanto de las razones que la sustentan.

El Secretario General de un partido pierde el poder desde el momento en el que pierde los resortes que lo mueven. Si existen dudas de que Pedro Sánchez lo tenga después de las dimisiones significa que ya no lo tiene. Ya no dispone del BOE, por así decirlo.

Una operación de resistencia es casi imposible mantenerla porque necesita de filas muy prietas y casi siempre los cuadros medios de un partido actúan con el miedo al poder emergente, no al decadente. Sólo es posible una operación de recomposición a largo plazo desde la base, pero también es muy complicada porque a medida que pasa el tiempo la gente se desgasta y cuesta más movilizarla salvo que la mayoría de los cuadros medios del partido te ayuden.

Si el dirigente de un partido es incapaz de responder a una rebelión asestando un golpe de vuelta rápido y contundente tiene las de perder. Como hoy Pedro Sánchez no está en posición de golpear a Susana Díaz será una cuestión de tiempo y desgaste que caiga. La fuerza ofensiva debe doblar la capacidad defensiva del adversario para vencer. Si no se alcanza, la batalla se transfiere a una operación de desgaste donde el debilitamiento consiste en reducir el espacio de juego del adversario (Sun Tzu).

Estando el partido político dividido, podría salirse de ese contexto bien mediante un cese de hostilidades negociado que aúpe a la dirección política a una figura de consenso hasta que se abra un nuevo espacio de contienda electoral, o bien, imponiendo una nueva figura carismática que “cosa” la división y eleve al partido de su hundimiento (autojustificando así su imposición por la fuerza). En un combate previo que se dirimió en el escenario madrileño, precuela de la batalla que se vive hoy, la destitución del Secretario General del PSM, Tomás Gómez, diseñada por Ferraz, impuso una gestora férreamente dirigida por Rafael Simancas (hombre de guerra) suavizada por la vaselina de una figura carismática como Ángel Gabilondo (hombre de paz). En aquella ocasión a los de Ferraz la jugada les salió bien. En esta ocasión, un espejo les devuelve sus mismos gestos.

Tras dos días de shock, algunos cuadros medios del PSOE están modulando sus posicionamientos para adaptarse al nuevo escenario. Una parte de la militancia expresa su cabreo en redes sociales frente a otra parte que asume el cambio o le da la bienvenida. También hay muchos que no entienden nada y están a la espera de ver qué pasa.

Al final, el cambio en el poder se resume en una cuestión de aceptación y fuerza o mecanismos de ejercer la fuerza. Pedro Sánchez ha perdido la aceptación de muchos militantes como Secretario General (quiero decir, muchos militantes piensan que desde hace dos días ya no lo es) y se refuerza esa visión en su incapacidad de imponerse por la fuerza a cada hora que transcurre. La cuestión de la legitimidad se resimboliza en un debate refiriéndose a la legalidad, confrontando argumentos jurídicos por una y otra parte. Sin embargo, la realidad es que la legitimidad del poder se reconduce a una cuestión de fuerza y aceptación de la fuerza por los gobernados. Que Cesar Luena discuta sobre la interpretación de los estatutos demuestra su debilidad, dado que un Secretario de Organización con poder no discute la interpretación de las normas, te las aplica.

A una norma fundante del orden le precede un hecho fundante del orden que, a lo largo de la historia, casi siempre es violento o suficientemente impactante para cambiar el orden previo. Después del hecho fundante (toma de la Bastilla – guillotinar al monarca) se reformulan los significados de las normas para ganar en convencimiento de los gobernados y se adquiere la legitimidad de ejercicio. Por ejemplo, el hecho de que la presidenta del Comité Federal del PSOE, Verónica Pérez, diga “en este momento, la única autoridad que existe en el PSOE soy yo” y tome poder y lo ejerza, presidiendo el próximo Comité donde se tomarán acuerdos, es una forma de ganar legitimidad mediante el ejercicio del poder. Y si Verónica Pérez lo está ejerciendo quiere decir que Sánchez lo ha perdido.

A ningún líder con poder se le sublevan como lo han hecho con Sánchez y se van de rositas. Si lo han hecho es porque él no lo tiene. Luego es un “rey depuesto”, ya no está investido de la capacidad de gobernar en su partido. Lo que falta por ver en los próximos días es un “rey puesto” que tenga la capacidad de sacar al PSOE de esta guerra y del hoyo en el que está metido.

Acabo con otra pregunta para el debate: ¿Sería Sánchez capaz de coser el partido, de acabar la guerra y sacar al PSOE de su caída?

 

Autor: Daniel Díez

Licenciado en Derecho por la universidad de Alcala . Ha trabajado para el Servicio Europeo de Acción Exterior y el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación.

 

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